Subscribete:

Leaderboard

jueves, 19 de septiembre de 2013

Después del terremoto, donde aparece la sociedad civil







El 19 de septiembre de 1985 la Ciudad de México experimenta un terremoto de consideración que causa un gran número de muertos (las cifras de las autoridades jamás establecen con seriedad, los damnificados acercan el número a 20 mil fallecidos). Al día siguiente, otro terremoto (o temblor) de menor intensidad reanuda el pánico y vigoriza el ánimo solidario. El miedo, el terror por lo acontecido a los seres queridos y las propiedades, la pérdida de familias y amigos, los rumores, la desinformación y los sentimientos de impotencia, todo –al parecer de manera súbita- da paso a la mentalidad que hace creíble (compartible) una idea hasta ese momento distante o desconocida: la sociedad civil, que encabeza, convoca, distribuye la solidaridad.

Ante la ineficacia notable del gobierno de Miguel de la Madrid, paralizado por la tragedia, y ante el miedo de la burocracia, enemiga de las acciones espontáneas, el conjunto de sociedades de la capital se organiza con celeridad, destreza y enjundia multiclasista, y a lo largo de dos semanas 1 millón de personas (aproximadamente) se afana en la creación de albergues, el aprovisionamiento de víveres y de ropa, la colecta de dinero, la localización de personas, el rescate de muertos y de atrapados entre los escombros, la organización del tránsito, la atención psicológica, la prevención de epidemias, el desalojo de las pirámides de cascajo, la demolición de ruinas que representan un peligro…A estos voluntarios los anima su pertenencia a la sociedad civil, la abstracción que al concretarse desemboca en el rechazo del régimen, sus corrupciones, su falta de voluntad y de competencia al hacerse cargo de las víctimas, los damnificados y deudos que los acompañan. Por primera vez, sobre la marcha y organizadamente, los que protestan se abocan a la solución y no a la espera melancólica de la solución de problemas. Cientos de miles trazan nuevas formas de relación con el gobierno, y redefinen en la práctica sus deberes ciudadanos (el 18 de septiembre, el civismo es, si acaso, un término alojado en los recuerdos escolares).

Sin debates previos, sin precisiones conceptuales, en cuatro o cinco días se impone el término sociedad civil, lo que, por el tiempo que dure, le garantiza a sus usuarios un espacia de la independencia política y mental. Como es previsible, el impulso genera la pretensión del ‘cogobierno’ en el empeño de salvar vidas y de restaurar o instaurar el orden urbano. En rigor, nunca son gobierno, pero esta creencia ilumina algo característico de loso gobernantes: su rotunda banalidad. Esta es la gran certeza de 1985: el descubrimiento de que la colectividad sólo existe con plenitud si intensifica los deberes y anula los derechos, si la sociedad civil es una idea todavía imprecisa, los cientos de miles que se consideran sus representantes le otorgan energía y presencia irrebatibles.

En un acto de “teoría confiscatoria”, el presidente Miguel de la Madrid se opone al uso “irresponsable” del término y añade: “La sociedad civil es parte del Estado. Pueden irse a sus casas. Ya los llamaremos si los necesitamos”. ¿A quiénes les envía la rectificación y la orden? No a sus alumnos de la Facultad de Leyes, ni a quienes podrían ver en la televisión el pizarrón del aula, ni a la ciudadanía, sino, francamente, a nadie. El ímpetu de los que reclaman la condición de sociedad civil no se frena con puntualizaciones de fin de semestre. Por su lado y tardíamente, con voces titubeantes, el regente del DF, Ramón Aguirre y el PRI califican a la sociedad civil de entidad muy secundaria. Se reitera el apotegma del presidencialismo: en el país de un solo partido y un solo dirigente no caben los voluntarios, y el PRI y los funcionarios se aprestan a la compra de líderes y el maniobreo con los damnificados. Pero nada impide por unas semanas la vitalidad y el compromiso de los obstinados en hacer de la ayuda a los demás el fundamento de la toma de poderes (Aún no se usa el empoderamiento). En última instancia, el concepto de sociedad civil rehabilita masivamente las sensaciones comunitarias y allana el camino para el “gobierno” de la crítica.

Desde el 21 de septiembre, en los medios políticos y académicos se levantan objeciones, algunas muy razonadas, otras muy razonables, a la fe en la sociedad civil. Las hay teóricas (“Se equivocaron en el uso del concepto”); se ofrecen reparos más bien pragmáticos (en asuntos de la nación, no hay bien que dure cien horas), y se esparcen las fórmulas cortesanas: “¿Para qué la sociedad civil si el gobierno monopoliza los conflictos y los amagos de solución?”. Desde la arrogancia y el manejo del presupuesto, se agrede a los que conciben una sociedad civil de autonomía orgánica, dotada de recursos analíticos, progresista (con la carga antigua de la expresión), y se les dirigen preguntas “capciosas”: ¿no es también sociedad civil la de los tradicionalistas de la derecha con sus grupúsculos como Pro Vida y la Unión Nacional de Padres de Familia, y la autoridad litigante de sus jerarcas religiosos? ¿Por qué la sociedad civil debe ser forzosamente de izquierda? ¿Quién reparte “las credenciales” de la sociedad civil? Hablar de la sociedad civil, se arguye, es, desde la antigua Grecia, mencionar la esfera donde se elabora la hegemonía. Y se cita a Gramsci, que pregunta si la sociedad civil es un aspecto de la dominación burguesa: “Si la ciencia política quiere decir ciencia del Estado, y el Estado es el complejo de actividades teóricas y políticas gracias a las cuales la clase dominante no sólo justifica y mantiene su dominio, sino que se las arregla para ganar el consenso activo de aquellos a quienes domina, será obvio entonces que las cuestiones esenciales de la sociología no son otra cosa que las cuestiones de la ciencia política” (Cuadernos de la Cárcel)….

El debate es primordial, pero carece de público. Ha sido tan opresivo el autoritarismo priista que el término sociedad civil, con lo voluntarista del caso, más que detallar las movilizaciones resulta más bien la profecía que al emitirse construye realidad en torno suyo, psicológicas y culturales en primera instancia. Nada científico o sistemático, pero sí necesario. Invocados, los cientos de miles de voluntarios integran simultáneamente una visión premonitoria de la sociedad equitativa y su primera configuración práctica. Sin andamiaje teórico, lo que surge en los días del terremoto desprende su concepción ideológica de lo ya conocido, de lo que no sabía que se sabía, de las intuiciones como formas de resistencia, del agotamiento de las asambleas, de las vivencias del dolor y, muy especialmente, de lo inconfiable que resulta el depender de las autoridades.

Desde el gobierno, y con vehemencia, se resucita el pragmatismo, expresión antes peyorativa. Si el presidente Adolfo López Mateos (1958-1964) exclama: “A mi izquierda y a mi derecha está el abismo”, el presidente De la Madrid podría decir: “Fuera del Estado sólo hay vacío conceptual y desacato administrativo”. A las pruebas se remite: en unos cuantos meses, luego de las intervenciones del aparato oficial, parece asimilado (burocratizado, comprado en un remate) el espíritu del 19 de septiembre de 1985, todo lo que auspicia la pregunta del líder del PAN, Carlos Castillo Peraza: “¿Quién es esta señora Sociedad Civil, que nadie sabe decirme dónde vive?”.

Vaya lo uno por lo otro: al debilitarse el control inflexible del régimen priista, se potencian los movimientos sociales, de organización precaria, de militancia fervorosa y volátil, de liderazgo adquirible por los funcionarios, sin propuestas estructuradas de sociedad. Los “movimientistas” se rehúsan a la unificación que les haría “perder identidad”, y con frecuencia desembocan en organizaciones clientelares, o también, se fracturan o desaparece. Su credo es sencillo: la vanguardia del cambio no es ya el proletariado, el fantasma que en vano recorre los manuales marxistas, sino los movimientos.

Veinte años después: la sociedad civil revisitada

En los albores del siglo XXI, sectores diversos de la sociedad mexicana, a los que se creía inmovilizados en lo básico, prosiguen en la defensa de sus derechos, y lo hacen de manera desesperante y desesperanzada en ocasiones, pero sus éxitos consolidan la fe en la democracia (el concepto todavía es vago, pero la actitud que lo sustenta es el gran ámbito de la participación social), y también, los avatares de la protesta popular, hoy calificada de movilizaciones de la sociedad civil, incluye organizaciones no gubernamentales (ONGs), grupos urbanos, comunidades eclesiales de base, grupos feministas, agrupaciones ecologistas, organizaciones indígenas, grupos gays, grupos de defensa de los derechos de los animales, etc.

Así todavía domine el autoritarismo, los avances de este sector son notables, tanto que lo quieren aprovechar aquellos que lo combaten: el gobierno de Vicente Fox, el PRI, la derecha política (el PAN), la derecha social, la derecha clerical (idéntica a la anterior, pero con temario más reducido), la burocracia del PRD, los intelectuales anti-izquierda, los izquierdistas anti-intelectuales, y el miedo o la indiferencia de sectores muy vastos aislados en la desinformación. Pero con todo esto, y con los errores y retrocesos de la sociedad civil, el fenómeno persiste y se intensifica.

Por Carlos Monsiváis
homozapping.com.mx
Septiembre 19, 2013


Fragmento del libro “No sin Nosotros”, Los Días del Terremoto 1985-2005, Ed. Era.-- See more at: http://homozapping.com.mx/2013/09/despues-del-terremoto-donde-aparece-la-sociedad-civil/#sthash.rxoG7UEJ.dpuf

No hay comentarios:

Publicar un comentario