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martes, 9 de septiembre de 2014

Se solidariza y denuncia la SIP las agresiones contra periodistas en México, Bolivia y Colombia





Miami (9 de septiembre de 2014).- La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) denunció el incremento de atentados contra la vida de periodistas en México y Colombia, y una campaña de amedrentamiento en Bolivia, temas que serán debatidos a profundidad en la próxima Asamblea General de la organización pautada del 17 al 21 de octubre en Chile.

El presidente de la Comisión de Libertad de Prensa e Información de la SIP, Claudio Paolillo, expresó su solidaridad con las periodistas Karla Janeth Silva de México y Amalfi Rosales de Colombia, así como con el medio Día a Día de Bolivia, solicitando a las autoridades de esos países emprender investigaciones rigurosas para identificar y sancionar a los responsables.

Paolillo, director del semanario Búsqueda de Uruguay, denunció la agresión contra Karla Janeth Silva, periodista de El Heraldo del municipio de Silao, Guanajuato, quien fue atacada a golpes en la sede de la corresponsalía el 4 de septiembre por un grupo de desconocidos que también dañó mobiliario y equipo.

Silva presentó una denuncia por el ataque y expresó no tener dudas de que los agresores habían sido enviados por algún funcionario municipal descontentos con su trabajo ya que le advirtieron que le bajara el tono de sus notas. En sus reportajes la periodista ha escrito sobre la inseguridad en el municipio y la falta de transparencia e irregularidades en el manejo de fondos del gobierno local.

De acuerdo a la organización Artículo 19, entre abril y de junio de este año se registraron en México 87 agresiones de distinta índole contra medios y periodistas.

En tanto en Colombia Amalfi Rosales abandonó el departamento de La Guajira donde residía, luego de que disparan contra su vivienda el 2 de septiembre. La periodista y su familia salieron ilesos del ataque. Rosales, reportera de El Heraldo de Barranquilla y corresponsal de la radio Noticias Uno y del diario Al Día, recibía amenazas desde noviembre de 2013.

La periodista ha cubierto temas políticos tales como el caso del ex gobernador Francisco “Kiko” Gómez, en prisión por presuntos vínculos con paramilitares y por estar supuestamente implicado en tres asesinatos. Gómez estaría también involucrado en un presunto plan para atentar contra los periodistas Gonzalo Guillén, León Valencia y Ariel Ávila, así como la diputada y ex periodista Claudia López. La semana pasada Guillén, quien cuenta con un esquema de seguridad de la Unidad Nacional de Protección, salió del país de manera temporal.

Respecto a Bolivia, la SIP recibió una denuncia de la Editorial Día a Día S.A. (EDADSA) sobre una campaña de amedrentamiento que estaría promoviendo el gobierno contra testigos y acusados en un caso por supuesto terrorismo que se ventila en las cortes del país desde hace cinco años.

La editorial, que publica los diarios El Día, El Sol y Solo Deporte, denunció que el 2 de septiembre una persona no vinculada a la empresa periodística vistió una camisa con su emblema que forma parte del uniforme de uso exclusivo de su personal, considerando que se trató de “suplantación de identidad, falsedad ideológica y material”.

El incidente ocurrió durante la audiencia de un juicio que tiene “marcado tinte político”, entre cuyos imputados se encuentra un propietario de ese grupo periodístico. El sujeto que usó sin autorización la camiseta con el logo de EDADSA ha sido señalado como supuesto miembro del equipo de seguridad de uno de los fiscales que interviene en el caso.

Paolillo dijo que pese a que la SIP es respetuosa de los procesos judiciales, “condenamos este tipo de incidentes que muchas veces aunque sean vistos como actos simples (pero grotescos) pueden entorpecer las garantías del debido proceso”.

Fuente: SIP

La SIP es una entidad sin fines de lucro dedicada a la defensa y promoción de la libertad de prensa y de expresión en las Américas. Está compuesta por más de 1.300 publicaciones del hemisferio occidental; y tiene sede en Miami, Estados Unidos. Para mayor información, por favor, visite http://www.sipiapa.org

miércoles, 14 de mayo de 2014

Por qué el periodismo es necesario



El fotógrafo Gleb Garanich de la agencia de noticias Reuters herido en la Plaza de la Independencia en Kiev el 30 de enero de 2014.


Para los periodistas que informan sobre conflictos ha sido una primavera llena de altibajos: de la alegría por la liberación de seis colegas secuestrados en Siria a la desesperación por los asesinatos de otros tres en Afganistán. Uno de los liberados en Siria fue Javier Espinosa, corresponsal del diario El Mundo; una de las asesinadas fue Anja Niedringhaus, fotoperiodista de la agencia AP. Ambos habían trabajado en Sarajevo durante el asedio de 1992 a 1995.

Desde el Día Mundial de la Libertad de Prensa en 2013, al menos 60 periodistas han muerto a causa de su trabajo, y Siria e Irak son los lugares más peligrosos. Como es natural, los más amenazados son los propios periodistas sirios, incluidas las numerosas personas que ejercen el periodismo ciudadano y los activistas que se esfuerzan por difundir informaciones sobre los combates. Los reporteros internacionales han demostrado que están dispuestos a asumir los riesgos inherentes a los conflictos, pero las amenazas directas de secuestro han empujado a muchas empresas de medios de comunicación a reducir o interrumpir la cobertura en el interior de Siria.

En diciembre, más de una docena de medios de comunicación internacionales escribieron al Consejo Militar Supremo (CMS) del Ejército sirio libre, en la oposición, sobre "el peligro cada vez más habitual de secuestro". Debido al riesgo creciente, decían, muchos medios "han decidido limitar su información sobre la guerra". Como respuesta, el CMS prometió proteger y apoyar a los periodistas, pero dijo que la mayoría de los posibles secuestradores quedaban fuera de su control.

Los profesionales de los medios, incluidos los que practican el periodismo ciudadano, también están siendo blanco de las fuerzas del Gobierno sirio y las milicias progubernamentales. Muchos han sido detenidos y encarcelados de forma arbitraria, han sufrido torturas o han desaparecido. Más de 50 periodistas han muerto durante los tres años de conflicto a causa de su trabajo, y se dice que al menos 70 periodistas sirios veteranos han huido del país.

Como consecuencia, ahora, muchos de estos profesionales se ven obligados a trabajar desde lejos, entrevistando a refugiados en campamentos de la frontera o empleando las herramientas tecnológicas -Skype, correo electrónico, Facebook, YouTube, imágenes por satélite- para obtener y comprobar informaciones. Todo ello supone más presión para los periodistas locales que tratan de difundir las noticias.

Los peligros acechan no solo a los periodistas, sino también a sus fuentes, que pueden sufrir amenazas o violentas represalias por conceder entrevistas, tanto si son encuentros cara a cara como conversaciones telefónicas o por Internet; los periodistas deben tomar precauciones para garantizar la seguridad de sus contactos.

Ucrania es el caso más reciente de zona peligrosa, con riesgos que van en aumento para los periodistas nacionales e internacionales y amenazas procedentes de los dos bandos. Simon Ostrovsky, de VICE News, y uno de los profesionales detenidos por pistoleros prorrusos en el este de Ucrania, dijo que le habían arrestado por sus informaciones.

Otros hablan de amenazas y palizas para convencerles de que modifiquen sus crónicas. El semanario Novosti Sloviansk ha suspendido sus actividades debido al peligro, aunque sus periodistas todavía trabajan en la página web de Slovinfo. Los manifestantes que protestaban contra Kiev en Sloviansk obligaron a dos emisoras locales de televisión a cerrar, y en la capital ucraniana, unos activistas antirrusos forzaron al presidente en funciones de la televisión nacional Canal 1 a dimitir por una transmisión en directo desde Moscú. En ambos casos, los trabajadores sufrieron amenazas y malos tratos.

Dunja Mijatovic, delegada responsable de la libertad de prensa en la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), ha hecho públicos en el último mes un mínimo de seis comunicados de prensa en los que expresa su preocupación por la situación en Ucrania. Asimismo ha advertido de que "la propaganda y el deterioro de la libertad de prensa suelen ir unidos y contribuyen a alimentar un conflicto, y, una vez empezado, contribuyen también a su escalada".

Los peligros en Ucrania reflejan la importancia crucial de los medios de comunicación: cada lado intenta controlar las informaciones que se transmiten y cómo. "El periodismo desempeña un papel fundamental en el equilibrio de poder entre un gobierno y su pueblo", dice el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ, en sus siglas en inglés). "Cuando se calla a los periodistas de un país, se calla a su pueblo". Todos tenemos derecho a la libertad de expresión, que incluye el derecho a buscar, recibir y difundir información.

De los 1.054 profesionales de medios de comunicación muertos desde 1992, según el recuento del CPJ, el 36% murieron durante un conflicto armado, y el 44% mientras llevaban a cabo informaciones políticas. Otro 20% estaban cubriendo casos de corrupción, el 18% investigaba violaciones de los derechos humanos y el 15% crímenes (algunos cubrían varios aspectos). La semana pasada, CPJ informó que dos periodistas habían sido blancos de atentados con bombas en Camerún y Perú.

El periodista de investigación Denis Nkwebo dijo que el coche estaba aparcado delante de su casa en la capital comercial de Duala, y que nadie resultó herido en la explosión. En la ciudad peruana de Barranca, un vídeo de una cámara de seguridad mostró a una persona enmascarada que dejaba un artefacto explosivo ante la casa de Yofre López Sifuentes, fundador y director del periódico y la página web Barranca. La bomba estalló e hirió a sus padres. "Pensé que había entrado alguien a matarnos", contó López a los reporteros locales. "Creo que este atentado se debe a la labor periodística que estamos desempeñando. Da la impresión de que quieren silenciarnos".

Muchos gobiernos emplean medios menos letales pero igual de ilegales para censurar la libertad de expresión. En abril, Etiopía encarceló a seis blogueros y tres periodistas y Kazajistán cerró uno de los últimos periódicos independientes que quedaban en el país. Algunos gobiernos se limitan a censurar medios de comunicación, bloquear Twitter y YouTube o intentar (como en China e Irán) controlar Internet mediante un firewall; otros recurren a las leyes penales contra la difamación, el terrorismo y la traición para acallar a sus detractores. En los últimos tiempos, Rusia ha destacado por la rapidez y la severidad con las que el Kremlin ataca la libertad de expresión, con leyes que restringen la actividad de los medios en Internet y prohíben las informaciones negativas sobre el Gobierno y el Ejército, además de acosar y detener a disidentes y despedir a directores de medios sospechosos de no respetar las reglas establecidas.

Otra amenaza importante contra la libertad de prensa aparecida en el último año es el programa masivo de espionaje denunciado por el antiguo analista de la NSA Edward Snowden, que mostró que Estados Unidos ha reunido y analizado correos electrónicos, llamadas telefónicas y mensajes de texto de todo el mundo. La intromisión en mensajes privados de millones de personas que no son sospechosas de ningún delito es inaceptable. Y provoca escalofríos en quienes -como los periodistas- tienen un interés especial (y legítimo) en guardar secretos respecto a las instancias oficiales.

Human Rights Watch está investigando hasta qué punto los periodistas de investigación y otros se sienten cohibidos por el miedo a que el Gran Hermano esté vigilándoles cuando tratan de sacar a la luz historias que podrían no gustarle al gobierno de Estados Unidos, y cómo puede influirles ese miedo al redactar la información que llega a las portadas.

Cuando los gobiernos vigilan a los periodistas, estos pierden capacidad de informar con exactitud y pedir cuentas a las autoridades. También pone en peligro a sus fuentes: la misma tecnología que permitió a los periodistas ciudadanos y activistas revelar la corrupción y otros abusos oficiales durante la Primavera Árabe se vuelve ahora contra ellos. Y entonces todos salimos perdiendo.

No nos enteraremos de los horrores en Siria, la represión en Rusia ni la vigilancia masiva en Estados Unidos si los periodistas no pueden hacer su trabajo. Somos afortunados -la mayoría de nosotros no va a tener que sufrir lo que padecen los sirios-, pero tenemos derecho a saber lo qué ocurre allí. Y es fundamental para asegurarnos de que nunca vuelva a ocurrir.

Por Emma Daly*

miércoles, 1 de enero de 2014

El Estado mexicano es responsable de la seguridad de la periodista Anabel Hernández: Limeddh



El Estado Mexicano es responsable de la seguridad y protección de la periodista Anabel Hernández, desde la Limeddh AC, reconocemos su labor pedimos garantías.

Tanta valentía, tanta congruencia no podrá ser acallada, todos debemos de sumarnos para proteger a Anabel Hernández y seguir luchando por el derecho a la información y lucha contra la impunidad. Ella es firme, en denunciar y el Estado Mexicano y sus instituciones son omisas negligentes y corruptas. GENARO GARCÍA LUNA DEBE SER INVESTIGADO.



CON FUERZA CON ENERGÍA TODOS A DENUNCIAR, SOMOS MEGÁFONO DE ANABEL HERNÁNDEZ Y NO PODRÁ SER ACALLADO.

Dr. Adrián Ramírez López
Presidente
Liga Mexicana por la Defensa de los Derechos Humanos A.C.
Una llama encendida para los derechos de los pueblos!

Contexto:

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Un grupo armado ingresó al domicilio de la periodista Anabel Hernández la tarde del pasado sábado 21 de diciembre.

Testigos relataron al diario Reforma que al menos 10 personas irrumpieron ese día en otras tres viviendas de la colonia San Juan Totoltepec, en Naucalpan, Estado de México.

Los sujetos entraron al domicilio de Hernández por una ventana que no fue dañada; aparentemente usaron barretas.

Las puertas de la vivienda no fueron violadas y se presume que los intrusos botaron los seguros.

Según versiones del rotativo, el hecho causó pánico entre los residentes de la calle Río Echegaray, ya que el comando portaba fusiles y armas cortas y mantuvo a la zona en vilo por lo menos durante media hora.

Ninguna autoridad intervino, aun cuando a una cuadra del lugar se localiza un módulo de seguridad.

Los vecinos aseguran que los sujetos armados primero dijeron ser agentes judiciales, luego que eran “zetas” y posteriormente que pertenecían a la Policía Federal, con el argumento de que realizaban un operativo.

Los hombres, quienes llegaron a bordo de camionetas particulares sin placas de circulación, iban vestidos de civil y se comunicaban por radio con palabras como “comandante” y “jefe” en el momento en que reportaban las incursiones en los domicilios, detalla Reforma.

Al llegar a la colonia el comando se desplegó sobre la calle Río Echegaray y aseguraron el perímetro de la zona habitacional.

Además, arrancaron los dispositivos de los sistemas de videovigilancia, entre ellos el de la casa de Anabel Hernández.

Durante la irrupción el grupo armado “levantó” a dos personas, entre ellas al escolta de Hernández, asignado a la periodista por la Procuraduría General del Distrito Federal luego de que se publicara el libro Los señores del narco, en 2010.

El guardia se encontraba afuera del domicilio de la periodista, fue subido a una camioneta y más tarde abandonado en otro punto del Estado de México. Por este hecho Hernández levantó una denuncia.

Anabel Hernández, quien en el momento de la irrupción no se encontraba en su domicilio, interpuso una denuncia ante el agente del Ministerio Público de la Federación adscrito a la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Cometidos contra la Libertad de Expresión, de la Subprocuraduría de Derechos Humanos de la PGR, con el expediente AP.179/FEADLE/2013.

En marzo de este año, Anabel denunció la falta de protección de las autoridades ante las amenazas de muerte que ha recibido, lo que en ese entonces la obligó a cancelar su visita a Chihuahua, donde presentaría su libro México en llamas.

La periodista explicó a los presentadores de su obra y al público asistente al museo de la Lealtad Republicana, que las autoridades del Distrito Federal turnaron su caso a la Procuraduría General de la República (PGR).

Los agentes de la PGR son los mismos que la han amenazado, por lo que no garantizan su seguridad, aseguró Hernández, y dijo que instancias internacionales como el gobierno de Francia interceden para que el gobierno del DF continúe brindándole custodia.

Hernández recriminó que el Estado no garantice la seguridad de los periodistas ni de todos los ciudadanos, ya que no le importan.

http://www.proceso.com.mx/?p=361321

sábado, 28 de diciembre de 2013

2013: un año trágico para los trabajadores de la información en AL: CIAP





Con 29 comunicadores asesinados y cuatro desapariciones forzadas en nueve países, 2013 ha sido un año trágico para los informadores de la región, confirma este viernes un reporte de la Comisión Investigadora de Atentados a Periodistas (CIAP).

México, con siete asesinatos de periodistas y trabajadores de la información y cuatro desapariciones forzadas; y Brasil, con otras siete muertes violentas, encabezan la lista de esa comisión de la Federación Latinoamericana de Periodistas (Felap).

Le siguen Guatemala, Colombia y Honduras, con cuatro en cada país; mientras en Ecuador, Perú y Nicaragua (asesinado durante asalto en región minera) se registró uno per cápita, hasta completar 33 víctimas.

El informe CIAP-Felap recuerda que estos crímenes ocurrieron en una región donde no existe ninguna guerra formal y entre las víctimas se hallan periodistas de tres países (México, Colombia y Guatemala) que pusieron en marcha mecanismos de protección para los trabajadores de prensa, aprobados por ley o por iniciativa gubernamental.

Añade que suman cientos los intentos fallidos de asesinato, amenazas de muerte a periodistas, agresiones, atentados de diversa naturaleza y ataques armados a medios de información.

Según estadísticas publicadas por la CIAP-Felap en los últimos siete años han sido asesinados 228 periodistas en la región, de ellos 27 en 2007, 26 en 2008, 32 en 2009, 40 en 2010, 39 en 2011, 30 en 2012 y 33 en 2013.

La entidad gremialista señala que cometiendo asesinatos impunes, atentados y amenazas, ciertos “poderes fácticos” que actúan en la sombra procuran silenciar al periodismo.

Con sus acciones criminales imponen la censura y autocensura en las empresas informativas y siembran el miedo entre periodistas que viven cotidianamente amenazados y con el temor de ser la próxima víctima si informan sobre esos poderes de hecho, apunta el texto.

Recuerda conclusiones del Centro de Reportes Informativos sobre Guatemala (Cerigua) válidas para toda la región, según las cuales “Poderes paralelos, crimen organizado, autoridades prepotentes, funcionarios corruptos, fuerzas de seguridad incapaces y abusivas, pobladores irrespetuosos, son algunos de los actores que están intentando coartar derechos fundamentales”.

Denuncia que la impunidad marca estos crímenes en todos los países y ejemplifica que, en Colombia, los delitos de asesinatos prescriben a los 20 años, se cierran los expedientes y mueren las investigaciones que poco o nada avanzaron.

Cita un reporte de María Camila Rincón Ortega, del diario El Espectador, de Bogotá, en el cual especifica que ya prescribió en absoluta impunidad el 45 por ciento de los 142 asesinatos registrados en Colombia en los últimos 36 años (1977-2013).

Recuerda que la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó por unanimidad el 27 de noviembre último la resolución “Seguridad de los periodistas y la cuestión de la impunidad”.

Esa resolución se propone propiciar la seguridad de los periodistas e instituye el 2 de noviembre como “Día Internacional para Poner Fin a la Impunidad de los Crímenes contra Periodistas”, evoca la Felap.

Con Información de elcronistadigital.com

jueves, 24 de octubre de 2013

Ser periodista en los tiempos de Miguel Ángel Mancera





Ser periodista en México no es fácil. Desde 2000 hasta la fecha han asesinado y desaparecido a más de 150 reporteros por su labor documentalista. Sin embargo, había entidades donde existían más condiciones de seguridad que otras. Tal era el caso de la Ciudad de México, donde el trabajo del comunicador era relativamente más sencillo que en el resto del país… hasta 2012, cuando se combinó el factor Enrique Peña Nieto con la administración de Miguel Ángel Mancera, quien ya probó que ser periodista en sus tiempos es un reto complicado.


(22 de octubre, 2013).- La liga se estira con la provocación mutua. Los granaderos intimidan, los manifestantes atacan –con piedras, pintura, insultos– hasta que la liga rebota con igual fuerza y determinación. Los granaderos rompen filas, recolectan la ira colectiva y la devuelven sin discriminar a la muchedumbre. Vuelan piedras, pintura, insultos. Y en medio de esto: la prensa.

Desde el 1 de diciembre de 2012, el modo de hacer periodismo cambió en la capital del país. Mientras provincia se incendiaba con la corrosión del crimen organizado que asesinaba periodistas, desde hace ocho años la Ciudad de México se destacó por ser el lugar más seguro para los comunicadores. A diferencia del Estado de México, Veracruz, Chihuahua, Guerrero, en el DF había condiciones para hacer el trabajo con relativa seguridad.

Pero la llegada de Miguel Ángel Mancera a la primera magistratura capitalina cambió todo.

Organizaciones de derechos humanos y en defensa de la libertad de expresión han denunciado una escalada en los operativos de seguridad desplegados por la fuerza pública durante las manifestaciones en la capital mexicana, que han derivado en detenciones arbitrarias y exceso de violencia por parte de los cuerpos policiacos.

Entre los detenidos, para sorpresa general, se han encontrado periodistas –uno de los últimos casos, el 1 de septiembre de este año, fue el del fotógrafo Gustavo Ruiz–, lo que ha llevado a muchos activistas y reporteros a preguntarse: ¿son los periodistas una víctima más o un objetivo?

Para Adrián Ramírez, presidente de la Liga Mexicana de Derechos Humanos (Limeddh), se trata de un blanco deliberado que tiene la administración del actual jefe de gobierno, un hombre a quienes sus detractores gustan de llamar “policía Mancera” por su pasado como procurador de justicia.

“La lógica de los gobiernos es una lógica de guerra y, en este contexto, los medios de comunicación son un objetivo militar”, señaló en entrevista.


La detención de Gustavo Ruiz no fue la primera de un periodista arrestado mientras realizaba su labor documental. Acaso, el mayor delito de Gustavo fue no estar respaldado por un gran medio de comunicación masivo, pues él pertenece a la agencia de noticias independiente Subversiones, considerada como un medio alternativo.

No fue el primero, pero su caso sí fue de los más escandalosos: vía Facebook y Twitter, los usuarios de redes sociales arreciaron sus críticas al gobierno capitalino cuando se filtró una foto en la que lucía el periodista esposado. Alguien, haciendo un ejercicio de memoria, sumó a esa fotografía una instantánea de la agencia Reuters en la que aparecía el gran capo de la droga, el “Z-40”, detenido pero sin esposar.

La imagen esa poderosa: el fotoperiodista en los tiempos de Mancera era tratado peor que el sanguinario líder del grupo criminal Los Zetas.


COMO CRIMINAL. Gustavo Ruiz esposado después de su detención por grabar el presunto arresto ilegal de un manifestante.


COMO CRIMINAL. Gustavo Ruiz esposado después de su detención por grabar el presunto arresto ilegal de un manifestante.

Días más tarde, Gustavo salió libre bajo fianza, después de que Leopoldo Maldonado, su abogado y miembro de la ONG Artículo 19, que trabaja a favor de la libertad de expresión, logró el beneficio de su cliente para afrontar su caso en libertad.

Parecía que, con la salida de Gustavo, el fantasma de las agresiones a prensa quedaba disipado, pero a las semanas el calendario llegó hasta el 2 de octubre y aquello que parecía una excepción se confirmó como regla: durante la marcha 45 de conmemoración anual de la matanza estudiantil de 1968, 35 periodistas fueron agredidos por las fuerzas policiales, aunque iban plenamente identificados como miembros de medios de comunicación.

Los golpearon, patearon, jalaron, detuvieron y luego dejaron en libertad. Les aventaron escudos, gases lacrimógenos, chorros de agua que pegan como macanazos, algunas reporteras incluso fueron agredidas con cascos de la policía.

Aquello había llegado al extremo, por lo que el 3 de octubre un grupo de periodistas agredidos se juntaron para hacer lo que nunca antes se había visto desde que el PRI abandonó las riendas de la ciudad y las tomó el PRD.



Fue durante dos días –con mañanas, tardes, noches y madrugadas incluidas– que todos trabajaron en un departamento en el centro de la capital. Algunos ni se conocían, otros ya eran viejos amigos desde varios años. Lo que sí tenían en común es que llevaban las agresiones de la policía capitalina en la piel y la determinación de no callarse ni un día más.

Trabajaron sin descanso durante 48 horas, alternando trabajo en la agenda propia y luego regresando a ese departamento, donde montaron un fondo negro y se dieron turnos para hablar frente a la cámara y exigir un alto a Ahí estaban Pepe Jiménez, fotógrafo independiente; Quetzalli González, fotorreportera de Excélsior; Alfredo Estrella, fotorreportero de la Agencia France Press; Daniel Villa, fotorreportero; Consuelo Pagana, fotorreportera independiente y más.

“En nuestra labor informativa, más de 50 periodistas –entre ellos fotorreporteros, reporteros y camarógrafos– fuimos agredidos, en su mayoría, por policías uniformados, por policías vestidos de civil y personas con el rostro cubierto.

“Este es el último capítulo de una escalada de violencia y represión en las protestas sociales. Estamos frente a una acción recurrente. Los periodistas, documentalistas, manifestantes y defensores de derechos humanos son agredidos por registrar las marchas con sus cámaras y celulares”, dice el guión.

El video fue subido a Youtube horas más tarde y su contenido se convirtió viral. Miles lo compartieron en sus cuentas de internet y, aunque no llevaba destinatario claro, la gente lo hizo llegar a quien parecía el receptor idóneo: el jefe de gobierno del DF, Miguel Ángel Mancera, el primero desde Cuauhtémoc Cárdenas, Rosario Robles, Andrés Manuel López Obrador, Alejandro Encinas y Marcelo Ebrard que causaba una acción así contra el gremio periodístico independiente.

La relación, anunciaba el video, estaba fracturada.

Ricardo González, director de protección global de Artículo 19, apunta hacia la misma dirección: “No son incidentales las agresiones a la prensa”, explica al referir que documentar las marchas –aunque de manera elemental sirva como garantía mutua de granaderos y manifestantes– se ha convertido en una actividad penada por la policía: destruyen cámaras, agreden a quienes las usan y exigen no grabar.




AGRESIONES. Para Ricardo González, director de protección global de Artículo 19, las agresiones no son casualidades; han servido al GDF para amedrentar a quienes buscan documentar los actos de la policía.


”Ya son conscientes (los policías) que las grabaciones se convierten en pruebas y ellos requieren del anonimato para no ser penados por violaciones a derechos humanos”, afirma Sebastián Aguirre, adjunto del programa de protección a periodistas de Artículo 19, al enfatizar la escalada de violencia que vive la prensa: sólo en el último informe trimestral 2013 de la ONG, en el DF 10 periodistas han sido agredidos.

¿Cuál es la gravedad de las agresiones? Ricardo González dice, con preocupación, que el contexto en el que se producen provoca la violación a tres derechos fundamentales para una democracia: la libertad de expresión, la libre asociación, y el derecho a manifestarse.

El aumento de las agresiones es proporcional al incremento en el riesgo. Cada vez es más peligroso asistir a una manifestación. No hay garantías.

”Se ha aumentado el círculo de vulnerabilidad”, resalta González. “De afectar a manifestantes, se ha pasado a agredir a periodistas e, incluso, a defensores de derechos humanos que monitorean las marchas”.






TRANSPARENCIA. Una policía opaca, dice Sebastián Aguirre de Artículo 19, es más propensa a cometer violaciones a derechos humanos; por ello, grabar resulta fundamental.

¿Qué ha cambiado en los actores? Los tres especialistas coinciden en una falta de preparación de la fuerza pública. Policías poco entrenados, con huecos en los protocolos y sin una cadena de mando efectiva. La falta de entrenamiento resulta, de acuerdo con González, en una especie de cheque en blanco para los granaderos: actúan sin consecuencias, pues el granadero que fue filmado el 2 de octubre, cuando se quitó su casco para golpear a los manifestantes, ya está en libertad.

“Es una situación inaceptable”, dice el presidente de la Limeddh y encuentra eco en las denuncias de Ricardo González. “Hay una falta evidente de entrenamiento que se suple con el número de efectivos, incluso, con policías bancarios que no tienen ninguna noción de control de multitudes”.

Para Artículo 19, la libertad de información y expresión vive en México una atemporalidad en su censura: persisten los mecanismos más rudimentarios de represión como agresiones en las marchas, asesinatos y golpes; con violaciones más sutiles como a través de las pautas publicitarias.

En suma: el anacronismo de los violadores a los derechos fundamentales


Por Valentina Pérez Botero fecha octubre 22, 2013@vpbotero3_0
revoluciontrespuntocero.com

martes, 22 de octubre de 2013

Se incrementa en México el ataque a periodistas, denuncia la SIP






La asamblea general de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) aseguró que los índices de violencia contra periodistas en México “se están agravando” y han empeorado en los últimos seis meses, ante el “deficiente” mecanismo oficial para proteger a los informadores en el país.

La asamblea general de la SIP, reunida desde el viernes en Denver (Colorado), analizó en un informe publicado hoy la situación de la prensa en México desde marzo pasado.

“Este año había comenzado con promesas de que disminuirían los índices de violencia contra periodistas miembros de medios de comunicación pero la tendencia es contraria, ya que el problema se está agravando”, aseguró la SIP.

“Lo más grave es que han aumentado las entidades donde organizaciones criminales utilizan a policías y periodistas como emisarios, cooptados o bajo coerción, en estados como Tamaulipas, Coahuila y Michoacán”, agregó el organismo.

Tres periodistas fueron asesinados en México el último semestre, según la SIP, lo que, unido a las desapariciones, revela que “en Chihuahua, Tamaulipas, Coahuila, Michoacán y Puebla se ha recrudecido la violencia”.

“A esto se suma que el Mecanismo para la Protección de Periodistas y defensores de Derechos Humanos aprobado por el Senado desde el 2012 continua funcionando de forma lenta y deficiente”, evaluó la SIP.

El organismo citó cifras publicadas en agosto por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) de México, que “reveló que en los últimos 13 años se han iniciado 145 averiguaciones previas por agresiones a periodistas, pero solo 14 casos han concluido, lo que se traduce en un 86 por ciento de impunidad”.



Fuente: Efe

viernes, 27 de septiembre de 2013

¿Tiene autoridad moral Televisa para exigir derecho de réplica?



La periodista, titular del espacio de Noticias MVS, primera emisión, Carmen Aristegui pidió formular por escrito la solicitud de derecho de réplica y no "a gritos", como lo hizo Laura Bozzo en su programa de televisión del Canal 2.






martes, 10 de septiembre de 2013

Beneplácito la noticia de la liberación de periodistas detenidos el #1SMx: AI





Amnistía Internacional manifiesta beneplácito al conocer que la madrugada de ayer se efectuó la liberación de los periodistas Gustavo Ruiz Lizárraga y Pavel Alejandro Primo, quienes habían sido detenidos mientras documentaban los operativos policiales que tuvieron lugar durante las manifestaciones del 1 de septiembre.


Estas liberaciones se dieron, también,  junto a las de cuatro activistas más que también habían sido detenidos durante las manifestaciones. Una persona más permanece detenida


Amnistía Internacional (AI) considera positivas estas liberaciones. Sin embargo recuerda que los procesos contras las personas detenidas permanece por lo que ha reiterado a las autoridades su obligación asegurar que los procesos contra las personas detenidas durante estas manifestaciones sean justos e imparciales.


La organización también hace un llamado a las autoridades a explicar las razones detrás de las detenciones de los periodistas, quienes según grabaciones circuladas públicamente, fueron detenidos mientras realizaban su legítima labor.

lunes, 12 de agosto de 2013

Amnistía Internacional a favor de los periodistas






Estamos a punto de terminar el ‪#‎Freedomhack, donde más de 60 programadores, hackers y otras personas especialistas en tecnología donaron su talento para facilitar la labor de activistas y periodistas en México.

Los resultados de su increíble trabajo serán dados a conocer la siguiente dirección: http://www.hackathon.io/freedomhack/projects




viernes, 5 de julio de 2013

Es tiempo de que los periodistas contemos la verdad sobre México





Desde aquí, aplaudo la participación de la colega Marcela Turati, en la conferencia anual Investigative Reporters and Editors, en San Antonio, Texas. Sensible, valiente y emotiva, sin duda. No obstante, considero oportuno abrir la reflexión a todas las percepciones y experiencias que hemos vivido los periodistas mexicanos, especialmente quienes no hablamos desde el lugar privilegiado que da el medio tradicional ni de los que sugerimos que el crimen organizado es una fuerza enemiga del gobierno de nuestro país.

Es tiempo de contar la verdad, pero de la verdad con juicio y desde cada una de las trincheras. Cada uno de nosotros, los periodistas, tenemos denuncias puntuales, evidencias, argumentos, opiniones, testimonios, sobre lo que es México hoy y al hacerlo público desvelamos el manto mediático que oculta una tiranía efectiva por la narcoviolencia, fraudes electorales y corrupción política.

Como dice Turati, la guerra nos sorprendió a los periodistas. Sí, pero no ahora, ni en 2006 con Felipe Calderón. La guerra se decidió en 1991, con Bush padre y Salinas de Gortari, dos años después del fraude electoral de éste último, y la oposición y los periodistas de los medios tradicionales guardaron silencio.

Los periodistas debemos recuperar la memoria y, con ésta, nuestra energía creativa y ética para exhibir la verdad. Ése es el sentido de nuestro trabajo que abre una puerta a la conciencia de la sociedad mexicana, necesaria para que ejerza su capacidad de juicio. Sin ésta capacidad, seguiremos siendo una sociedad derrotada como ya hace unos veinte años nos lo advertía el sociólogo Sergio Zermeño.

El silencio de los periodistas respecto a la participación de las autoridades en el crimen organizado, los fraudes electorales y la depredación del erario sólo muestra un gremio corrompido por el miedo o la indolencia. Pero debemos preguntarnos ¿es legítimo tener miedo? ¿Por qué elegimos una profesión que no podemos cumplir cabalmente? ¿Por culpa del crimen organizado? Qué conveniente resulta el terror en estos tiempos, sobre todo con cada fraude electoral que reacomoda a los cárteles de la droga. Turati, y los miles de periodistas, no ignoramos que los gobernantes son parte del ‘problema mexicano’, y que Enrique Peña Nieto y sus antecesores no están fuera del crimen.

Entre los gobernantes mexicanos, no hay buenos ni malos. Desde allí se impulsa el narcotráfico y las agresiones a periodistas ordenadas por funcionarios públicos, que con una mano cobran del erario producido por millones de trabajadores contribuyentes, y con la otra cobran las prebendas del narcotráfico. Los periodistas lo sabemos. Turati lo sabe. Si callamos por miedo, entonces, ¿por qué contribuir a una injusticia mayor y legitimar una mentira? Nuestro lenguaje, como profesionales de la palabra, no es inocente frente al hundimiento de México.

Se corre peligro cuando la verdad la manifestamos como acción individual. Somos acallados, reprimidos, asesinados, si no huimos a tiempo del país. Pero la verdad adquiere no sólo importancia, sino poder y fuerza cuando la contamos todos, o al menos un buen número de periodistas comprometidos con el interés público. Si por cada periodista que han asesinado, fuéramos mil contando la verdad por la que fue acallado, otra realidad sería la de México.

No somos pocos los periodistas que tuvimos que salir de nuestro país para salvar la vida y la familia, para trabajar con dignidad o para evitar estar en la mira de un narcopolítico local o nacional. El número de refugios y asilos políticos son historias contadas como la de los migrantes y mujeres golpeadas, con el desprecio que reza: “ellos se lo buscaron” o “por algo tuvieron que huir”.

Marcela Turati dice:


“Yo junto con otras colegas fundamos una organizaciones llamada Periodistas de a Pie, que se dedicaría a dar capacitación a periodistas que cubrimos la pobreza. Sin embargo, tuvimos que cambiar los temas para atender la emergencia. Los talleres eran sobre cómo sobrevivir en una cobertura, cómo entender al narcotráfico, cómo entrevistar a un niño sobreviviente de una masacre, cómo encriptar información que nos ponga en riesgo o cómo limpiarnos el alma para poder seguir cubriendo sin perder la alegría de vivir.”

¿Cómo entender el narcotráfico sin tocar al gobierno, al PRI, a Peña Nieto y sus secuaces? ¿Cómo puede entenderse el narcotráfico a lo largo del eje continental sin la venia de los gobiernos de los países productores y consumidores? ¿Cómo hablar de las redes del narcotráfico sin la coordinación de los gobernadores de los estados? Es tiempo de decir la verdad. La historia del narcotráfico tejida día a día con las muertes de inocentes no es una fábula, ni un destino fatal que se tenga que aceptar como algo imposible de cambiar. Hay que romper el mito de la guerra contra el narcotráfico. Es tiempo.

No somos pocos los periodistas que ya perdimos la “alegría de vivir” al ser expulsados de nuestro país. No somos pocos los periodistas que hemos asaltado la tecnología para contar la realidad que los medios tradicionales callan maliciosamente. No son pocos los periodistas ni los medios que aceptaron la imposición del PRI y a Peña Nieto como un títere de Carlos Salinas de Gortari y la mafia de los narcogobernadores. ¿Cómo podemos seguir con la alegría de vivir en un país secuestrado por la corrupción y la muerte? ¿Cómo podemos ignorar que nuestro silencio tiene consecuencias públicas?

Turati dice que la violencia nos encontró “impreparados”. Yo pregunto: ¿hay que estar preparados para cubrir la violencia o para contar la verdad? No somos soldados. Somos periodistas. Nos formamos en la ética de las palabras armadas con la verdad. No somos fabricantes de mentiras ni de verdades a medias. ¿Cómo evitamos no voltear a otro lado cuando nuestro medio recibe publicidad de quien asesina a nuestra colega? ¿Cómo evitamos no escamotear la información de una tragedia cuando llega a la redacción un cheque en blanco? Hay un muro que levantaron los periodistas con la ética hace veinte años, y hoy se vive las consecuencias públicas de ello. No son implicaciones privadas. No son problemas individuales. Nuestro silencio y corrupción es un problema público, porque la verdad que podría liberar la conciencia colectiva manipula y genera costos para todos como sociedad.

Detrás de un narcotraficante que mata a un periodista, hay un político. No podemos ignorarlo ni seguir callándolo. Es tiempo de decir la verdad. Cada elección local está marcada por una mafia de narcopolíticos. Los nombres con apellidos lo sabemos, y los periodistas en México siguen cubriendo las elecciones como si nada pasara desde 1988. Los nombres están ahí, retumbando en la conciencia de cada ciudadano: Jorge Hank Rhon, Fernando Castro Trenti, Fidel Herrera, Juan Sabines, Eruviel Ávila, Ernesto Ruffo Appel, Enrique Peña Nieto, Elba Esther Gordillo, Humberto Moreira, Vicente Fox, Carlos Salinas, Romero Deschamps… larga la lista de la impunidad.

Turati habla como si el crimen organizado fuera independiente de los gobiernos mexicanos, pues. Pero ya es tiempo de decir la verdad. Ella recuerda el hallazgo de la fosa en Tamaulipas con casi 200 cadáveres. Pero Proceso sigue callado ante los más de 233 restos óseos de mujeres guardadas en la morgue de Ciudad Juárez, o de los huesos fragmentados con reportes de ADN apócrifos que entregan las mismas autoridades a las madres para quitárselas de encima. Los medios tradicionales siguen solapando los feminicidios, contando cuerpos de niñas, como si se tratara de animalitos desde hace veinte años, y publicando la versión de las mismas autoridades que las matan.

También hay que ser autocríticos, y decir que los periodistas de los medios tradicionales plagian muchas investigaciones de los periodistas alternativos. Que el riesgo no siempre lo corren ellos, a quienes sus medios “protegen” con el aura del nombre de poder. También hay que decir que los periodistas tradicionales tergiversan los hechos y que no siempre son víctimas de esta guerra de la que habla Turati. Los hay privilegiados y no pocos. Al igual que no son pocos, incluyendo el medio para el que trabaja ella, que siguen los boletines oficiales como parte central de las “investigaciones”. Que las salas de prensa de todas las instituciones del Estado mexicano tienen nóminas adicionales para los periodistas y que los precios que se pagan del erario varían de un medio a otro. No es lo mismo una “cortesía” para reporteros de Proceso que para un reportero de agencia local. Ésta es la verdadera guerra para la que no estamos preparados, porque no hemos querido estarlo.

Es tiempo de decir la verdad. Los medios tradicionales han legitimado esta narcotiranía que tiene a México hundido. Y los periodistas de estos medios han sido la parte silenciosa de este hundimiento. Cuando se cuenta una verdad, es porque ya fue palomeada desde el poder. Dejemos de tomar el pelo a la sociedad.

Los periodistas mexicanos no sólo nos convertimos en corresponsales de guerra en nuestra propia tierra, como dice Turati. También somos cómplices de una gran mentira.


Por Guadalupe Lizárraga



(Para leer la conferencia completa de Marcela Turati: http://bit.ly/14GlHWe )
- See more at: http://www.losangelespress.org/es-tiempo-de-que-los-periodistas-cuenten-la-verdad-sobre-mexico/#sthash.Ig7XFEHy.dpuf

lunes, 1 de julio de 2013

Reportaje Especial. Muchas de las pistas sobre el narco en EU: Marcela Turati



Marcela Turati,, periodista de Proceso. Foto: IRE


MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- El 25 de junio en San Antonio, Texas, la periodista Marcela Turati pronunció un discurso frente a decenas de reporteros y editores de investigación, en él habla de como algunos reporteros mexicanos se convirtieron en corresponsales de guerra o de cómo algunos fueron asesinados o torturados o abandonados por ejercer su trabajo, y hace una sugerencia a los periodistas estadunidenses: Muchas pistas sobre el narcotráfico están aquí, en Estados Unidos…

Dedicado a Lise Olsen, quien se ha dedicado a capacitar y a cuidar a los periodistas de investigación mexicanos

Buenas tardes a todos. Me siento muy honrada de hablar en la conferencia de IRE sobre un tema tan importante para todos nosotros, especialmente considerando que esta es una organización que ha practicado desde hace mucho tiempo el periodismo de investigación en la frontera, especialmente después del asesinato del cofundador de IRE, Don Bolles, que fue asesinado por el crimen organizado en Arizona.

Como ustedes saben, a partir de 2006 el presidente Felipe Calderón declaró la “guerra contra las drogas”, parcialmente financiada con fondos de Estados Unidos. Nuestro país se convirtió en un campo de batalla. Sacó a las calles a militares y policías federales supuestamente para combatir narcotraficantes, encarnando una guerra irregular que dejó al menos 70 mil víctimas de homicidio, más de 20 mil personas desaparecidas. Son crímenes sin resolver y que por eso mismo aún no terminamos de entender.

Los periodistas de muchas regiones del país quedaron atrapados en medio de los enfrentamientos. Y, por la falta de investigación por parte de las autoridades, sigue siendo difícil quiénes están verdaderamente detrás de estos crímenes.

Los periodistas mexicanos nos convertimos en corresponsales de guerra en nuestra propia tierra. En mi caso, por ejemplo, yo era una reportera que cubría historias sobre la pobreza, que de un día a otro ya estaba cubriendo masacres de jóvenes, documentando pueblos fantasmas de los que huyó la gente después de una serie de asesinatos o programas sociales para niños huérfanos por la violencia o tenía frente a mí una fila de 30 mujeres con las fotos de sus hijos desaparecidos, que querían contarme su historia.

He dedicado mucho de mi trabajo como periodista de Proceso a indagar esos episodios y a hacer visibles a las víctimas de la guerra.

A los periodistas la violencia nos encontró desprevenidos. De pronto estábamos ahí, avasallados, en plena confusión, en medio de una guerra que no fue como se nos dijo, contra el tráfico de drogas, sino por el control de territorios. Una guerra por ver quién se queda con los lugares de siembra de narcóticos y las rutas de tráfico y los puestos de venta de drogas en el país. Por ver quién controla el comercio, quién cobra los impuestos a los comerciantes, quién impone al alcalde, al próximo jefe de la policía y al director de las cárceles.

En un escenario así, obviamente, es indispensable tener el control de la prensa para que nadie cuestione. Para asegurar el control de la población.

Yo junto con otras colegas fundamos una organización llamada Periodistas de a Pie, que se dedica a dar capacitación a periodistas que trabajan con el tema de la pobreza. Sin embargo, tuvimos que cambiar los temas para atender la emergencia. Los talleres eran sobre cómo sobrevivir en una cobertura, cómo entender al narcotráfico, cómo entrevistar a un niño sobreviviente de una masacre, cómo encriptar información que nos ponga en riesgo o cómo limpiarnos el alma para poder seguir cubriendo sin perder la alegría de vivir.

Cuando nos dimos cuenta ya éramos una central de atención de emergencias. Los periodistas que trabajamos en levantar esta red, a cualquier hora del día, incluso en momentos tensos del cierre de edición, hemos recibido llamadas de auxilio de compañeros de alguna zona lejana que pide ayuda desesperado porque sabe que están por ir a matarlo y busca refugio. O peticiones de apoyo psicológico para reporteros que no quieren salir a trabajar después de un evento traumático, como el incendio o el ataque a su redacción.

En esta guerra por control del territorio, hemos vivido una cacería de periodistas. A diferencia de las guerras tradicionales, en México los periodistas no mueren por un fuego cruzado, por una bala perdida, por caminar en un campo minado. En México los asesinos van por los periodistas, los sacan de sus redacciones, de sus casas, los interceptan en la calle.

Los reporteros que deberían de mandar la nota se han convertido en la nota. En los últimos 10 años, más de 17 periodistas han sido desaparecidos y más de 72 asesinados. Los crímenes no han sido resueltos.

Una de las víctimas es Regina Martínez, la valiente periodista que señalaba la corrupción y las mafias en Veracruz, lugar de donde era corresponsal para Proceso. Hace un año fue asesinada dentro de su casa por estrangulamiento. El gobierno local, que es sospechoso del crimen, determinó sin pruebas creíbles que su asesinato había sido por robo y encarceló a un joven que dijo haber sido torturado para autoculparse del crimen y que está incomunicado.

Como en los demás crímenes de periodistas, las autoridades judiciales no investigaron su trabajo periodístico como causa del asesinato. Como los demás, culpó al periodista de su muerte. Puso en duda la honorabilidad del asesinado.

Días después de su asesinato, otros dos periodistas fueron cazados junto con otro que había dejado la profesión por miedo. Sus asesinatos surtieron efecto: sirvieron para callar al resto.

Al menos 17 periodistas huyeron de ese estado, algunos financiados por el mismo gobierno del estado para que se fueran y regresaran hasta después de las elecciones. Varios dejaron la profesión en un intento para salvar su vida. A varios de ellos los hemos encontrado cortando el pasto en Estados Unidos o realizando actos de solidaridad para sostenerse, mientras esperan el juicio para pedir asilo. Otros trabajando como vendedores ambulantes en las calles de la ciudad de México o en lo que pueden, intentando rehacer su vida. Asustados, sin dinero, con la vida rota.

La situación tiene sus matices en cada región de México. En algunas zonas, los narcotraficantes dejan videos o mantas y llaman a los periodistas para que las publiquen. En otras la advertencia siempre va acompañada de golpizas y los periodistas que publican información que molesta a un grupo son secuestrados temporalmente, torturados y marcados en la piel, como advertencia de que no tendrán otra oportunidad. En otras son citados a conferencias de prensa donde los capos de la zona les dictan la línea editorial y la información que deben cubrir y la que deben ignorar. Generalmente asignan a un periodista para que de las instrucciones a los demás, los vigile y les pague un salario. Las redacciones también han sido infiltradas por ellos. Quien quiere rehusarse tiene que cambiar de oficio o empezar su vida en otra parte. En lugares como el DF se reciben visitas de los llamados “narcoabogados” que indican la información que molestó a su cliente.

En esta disputa por el territorio, los medios de comunicación son blanco de ataques: reciben llamadas intimidatorias, explosiones de granadas o ráfagas con armas de alto poder en sus instalaciones. Se han dado casos que los empleados (no siempre periodistas) son tomados de rehenes para obligar a que se publique algo a favor de un grupo en disputa, y algunas redacciones han sido incendiadas cuando los periodistas escribían adentro.

Algunos estados del país se han convertido en zonas de silencio, y estamos viendo cómo el silencio se extiende. Cómo vamos perdiendo el pulso y la señal de algunas zonas que ya son territorio vedados para todos, que las que no sabemos información tan básica como cuántas personas son asesinadas cada día. Sólo cada tanto, cuando ocurre una masacre lo suficientemente espectacular como para no poder ser ocultada –como la de los 72 migrantes-, o cuando un pueblo entero huye a otro lugar, podemos colar la nariz y asomarnos a mirar los efectos de la información que se oculta.

Uno de esos lugares está sólo a 265 kilómetros de aquí, a menos de tres horas de viaje en carretera, del otro lado de la frontera, donde la información ha sido silenciada.

Lugares como Tamaulipas, donde ocurren episodios espeluznantes que podría escribir cualquier corresponsal de cualquier guerra. Por ejemplo, durante meses los pasajeros de los camiones públicos eran bajados en un sitio, ahí mismo reclutados a la fuerza, tomados como esclavos o asesinados y enterrados. A las terminales de camiones llegaban las maletas, no los pasajeros. Ocurrió muchas veces. Nadie dijo nada hasta que se descubrieron fosas con casi 200 cadáveres.

En lugares como ese y en varias partes de la franja fronteriza, gente “desaparece” en la carretera, con todo y su automóvil o su camión. Personas que van en su camino a McAllen o a Laredo, para ir de shopping o de paseo. Algunos eran estadunidenses visitando a sus parientes en México.

Recuerdo cuando fui a Matamoros, frontera con Brownsville, a cubrir el hallazgo de la fosa con casi 200 cadáveres. Se decía que había miles, pero no se siguió excavando. A ese lugar llegaron cientos de familias de todo el país, ansiosas, porque buscaban a un hijo desaparecido.

Cuando una mujer que estaba en el lugar esperando a ver si alguno de esos cadáveres era el de su hijo, supo que yo era periodista comenzó a reclamar, furiosa.

–Periodistas ¿ya para qué vienen? Llevábamos meses diciendo que en esas carreteras se perdía gente, pero nadie nos hizo caso. Parecía que hablábamos desde abajo del mar.

Su frase, hablando desde abajo del mar, sintetiza perfecto esa situación que se vive en esa zona perdida. Donde Dallas Morning News documentó que había ocho periodistas desaparecidos, información que los propios mexicanos ignorábamos. Donde existen campos de entrenamiento para futuros sicarios, algunos de ellos adolescentes de Laredo, Texas, que desertaron de la high school para llegar a ser asesinos del lado mexicano.

En esa tierra llena de fosas clandestinas, sembrada de cadáveres, ciudadanos son asesinados todos los días, pero sólo sabemos de los famosos, de los alcaldes o el candidato que iba a convertirse en gobernador. Hasta el cruce fronterizo es controlado por los narcotraficantes, que secuestran a quien no paga y deciden quién pasa y quién muere.

Muchos periodistas locales intentaron decirlo hasta que fueron silenciados. De la manera que pueden siguen intentando. Algunos viven con una pistola recargada sobre su cabeza, otros tuvieron que refugiarse, sólo con la llave de su casa en la bolsa, para empezar de nuevo en otro lugar. Hasta que los agarró la noche. Lo mucho o poco que pueden hacer depende de dónde viven.

Recuerdo mucho una nota de un periódico sobre casas habitadas únicamente por perros, en colonias abandonadas, que aunque no explicaba la causa del abandono era una forma de decir lo indecible.

Los ciudadanos, en esfuerzos desesperados, han intentado tomar el papel de los periodistas. Recuerdo aquel video filmado por una ciudadana anónima que salió a la calle para grabar con su celular los destrozos de la batalla de la noche anterior y las balaceras que las autoridades negaban. Usan redes sociales o crean blogs, como Valor por Tamaulipas, donde se reciben reportes ciudadanos de los enfrentamientos armados que los medios de comunicación tienen prohibido cubrir. Estos sitios de noticias no duran mucho, pues los cárteles de la droga ponen precio a la cabeza de sus administradores. Además, el gobierno también está interesado en acabar esa fuente de información que contrarresta la propaganda oficial que indica que no pasa nada.

Conozco a un periodista que entró a Tamaulipas a reportear y estando en la plaza principal, frente al palacio de gobierno, fue rodeado por un convoy de camionetas que llevaba en sus placas la insignia del cártel al que pertenecía. Él y el camarógrafo fueron secuestrados, torturados, advertidos de que no siguiera preguntando. En ese lugar, la tierra se tragó al freelance Zanne Plemmons de San Antonio, que salió del hotel donde se hospedaba en Tamaulipas para tomar unas fotografías y no regresó jamás. Desconocía que ese es un lugar prohibido para ir a reportear. Otra reportera que administraba un blog aparentemente ciudadano que informaba por dónde no transitar para evadir balaceras fue decapitada y junto a su cuerpo se encontró un mensaje contra quienes usan las redes sociales. ¿Cómo puede decirse que el periodismo es posible en una zona así?

La violencia ha alcanzado a la ciudad de México. Un ejemplo, es la revista para la cual trabajo, Proceso, fundada hace casi cuatro décadas y aún considerada líder en investigaciones sobre corrupción y crimen organizado. Proceso es uno de los medios que más agresiones ha sufrido. No sólo el asesinato de Regina Martínez, también cuatro periodistas han tenido que ser desplazados forzosamente -unos fuera del país, otros reubicados de una ciudad a otra-. Tan sólo este año, cuatro reporteros han sido amenazados y varios han tenido que recurrir al mecanismo gubernamental de protección, recién creado.

No es un caso único, existen otras empresas más golpeadas como Notiver, en Veracruz, que cuenta con cuatro periodistas asesinados y uno exiliado.

Ante esta situación varios periodistas, sin saber cómo, de pronto nos convertimos también en defensoras de derechos humanos. Hemos convocado a marchas para exigir que cese la impunidad y se haga justicia a nuestros colegas, subastas y colectas en apoyo a periodistas refugiados y desplazados o informes sobre la situación de censura en zonas como Veracruz. También apoyamos a pequeñas redes de periodistas locales para que se fortalezcan, se organicen y creen sus propios protocolos para enfrentar emergencias. No estamos de acuerdo en que la única solución para atender las emergencias –por parte del gobierno y de algunas organizaciones internacionales— sea sacar a los periodistas de su lugar de origen. Porque de esa manera los silenciadores ganan la partida.

Nuestra batalla actual no es sólo por la libertad de expresión, es por el derecho de la gente a estar informada.

En un panorama así, el periodismo de investigación ha sucumbido. Los periodistas no somos más el perro guardián de la democracia, como nos solíamos definir. En muchas regiones ese perro está encadenado, amordazado, no tiene permiso de ladrar. Es un perro golpeado, “levantado” y “tableado” para que aprenda a no ladrar cuando viene el enemigo. Es un perro domesticado por gobernantes que le compraron su silencio. Es un perro forzado a cerrar los ojos ante los ilícitos y voltear a otra parte.

Pocos son los perros bravos que siguen peleando para defender a los dueños de la casa que cuida y que luchan para que no les pongan encima la cadena. Porque hay esfuerzos aislados, individuales, de verdaderos héroes que se juegan la vida con cada nota.

Claro que no todos los lugares son extremos y de muerte. Pero la muerte va ganando territorio. El silenciamiento se va extiende no sólo a punta de balazos, también con métodos más sofisticados como encarcelamientos a periodistas que escribieron notas que no gustaron al gobernante; compra de publicidad gubernamental en los medios para controlar su contenido, a manera de castigo o recompensa; o la compra directa de los propietarios o directores.

El presidente recién electo ha insistido en “hablar bien” de México. En este momento políticos y crimen organizado tienen un mismo objetivo: que no se caliente la plaza. Que la violencia no salga en los medios para dar la impresión de que lo que ocurre son hechos aislados.

Los asesinatos o desapariciones de periodistas no son casuales. Los blancos algunas veces son reporteros incisivos que aparentemente han sido seleccionados para mandar un mensaje poderoso y silenciarlos no sólo a ellos, sino a los demás a través de ellos.

Ramón Angeles Zalpa denunciaba la extracción de recursos naturales, de mineras y tala bosques del crimen organizado en Michoacán, su tierra. No volvió a ser visto jamás.

María Esther Aguilar Casimbe, también en Michoacán, publicó la nota de un alcalde narcotraficante, la historia de un policía torturador y el decomiso de un cargamento. Cualquiera de las tres pudo ser causa de su desaparición.

Alfredo Jiménez Mota, el que inauguró la lista de desapariciones, era un joven valiente, que investigaba a un capo local. Salió a una entrevista, no se le vio más.

En 1976, la IRE hizo un enorme esfuerzo por arrojar luz en el asesinato de Bolles por narcotraficantes. Ustedes no se sentían capaces de vivir con este asesinato encima e hicieron un gran esfuerzo para investigar porque él era su compañero. En el otro lado de la frontera los periodistas están muriendo como moscas. Algunos eran jóvenes que soñaron con ser periodistas de investigación, otros eran periodistas especializados que murieron investigando historias. Mañana puede ser el reportero que un día les dio información cuando acudieron a cubrir algo y necesitaban un guía local. Puede ser cualquiera.

Uno de ellos, Armando Rodríguez, “El Choco”, fue un miembro del proyecto IRE-México y habló en sus conferencias. Él era el reportero que para El Diario de Juárez tomaba el pulso de la ciudad y los asesinatos diarios. Fue asesinado cuando llevaba a su hija a la escuela.

Ellos y ellas son sus colegas, nuestros colegas, miembros de la familia de reporteros de investigación. Por eso les digo que no nos ignoren. Este problema y estas técnicas que mencioné no se detienen en la frontera. En un taller de IRE supe por reporteros de Laredo y McAllen, Texas, que ellos también reciben amenazas y la prohibición de cruzar la frontera. El corresponsal Alfredo Corchado fue amenazado adentro de un bar en Texas.

Reconozco que algunos periodistas estadounidenses han hecho grandes esfuerzos por hacer una buena cobertura. Algunos de ustedes seguramente viajaron a Ciudad Juárez, casi todos los diarios del mundo tuvieron a alguien ahí, e hicieron una cobertura magnífica. Hay asuntos que se descubrieron gracias a la cobertura de periodistas de investigación estadunidenses o sus corresponsales, como la operación “Rápido y Furioso”, que tanto nos indigna. O la revelación de la existencia de bases de datos con hasta 25 mil nombres de personas desaparecidas el sexenio anterior.

Pero conforme pasa el tiempo, tanta muerte, tanta masacre, tanta fosa, tanto cuerpo, tanto desaparecido deja de ser noticia.

La periodista Lise Olsen escribió en un libro, próximo a salir, que por razones económicas y por la violencia, los medios de comunicación han despedido a muchos reporteros que cubren la frontera, algunos de ellos con experiencia y buena información, o eliminado sus corresponsalías. Ha sido el caso de medios fronterizos tan importantes como The San Diego Union, Los Angeles Times, The Arizona Republic, Dallas Morning News, Houston Chronicle yExpress-News. En algunos casos no permiten a sus reporteros cruzar la frontera. Y medios mexicanos y estadounidenses cubren menos la relación bilateral.

En varios foros de periodismo la gente nos pregunta cómo podemos ayudarlos.

Podríamos decir que con colectas, que brindando asilo, que concientizando sobre la situación, pero lo que pedimos es que hagan acá su trabajo. Pero lo que necesitamos de los miembros de IRE es que hagan su trabajo en su país. Que investiguen las redes de tráfico en su país. Que compartan este problema que es mutuo.

No es sólo el tráfico de armas que matan en nuestro país. Es investigar la política estadounidense hacia México y a los funcionarios estadounidenses corruptos, a los vendedores de drogas y pandillas locales, los lavadores de dinero y los empresarios que hacen negocio con el dinero sucio. Los líderes de cárteles y sicarios que también son ciudadanos americanos, los que viven o tienen propiedades aquí.

No pedimos nada que no les competa. Como amigos que somos, necesitamos ver que ustedes encaran el problema como propio. Que se pregunten quién es mi vecino. Quién realmente controla los estados vecinos. Porque compartimos 3 mil kilómetros de frontera. Porque, ustedes lo han reportado, los cárteles mexicanos tienen presencia en más de 200 ciudades, y el número sigue aumentando.

También pueden empujar a sus propios medios a que cubran historias sobre cómo la política mexicana ha costado vidas o forzado a periodistas y a otras muchas personas al exilio. Muchos de esos obligados a desplazarse están aquí, en Texas, y están anotados en la lista, siempre creciente, de los buscadores de asilo.

Me hubiera gustado venir aquí a hablarles de otro panorama. Decirles cómo fructificaron los cursos que IRE (con Lise Olsen a la cabeza) organizó en los 90 en la ciudad de México y en los dos encuentros binacionales en Tijuana y Ciudad Juàrez. O lo empoderadas que están las redacciones que durante esos años invirtieron en capacitación a su gente.

¿Qué más queda si rafaguean tres veces a un diario como El Siglo de Torreón, aun cuando cuenta con protección federal? ¿O si te matan editores y te avientan una granada que hiere a periodistas a un diario como El Mañana, en Tamaulipas? ¿Qué niveles de violencia vivió El Diario de Juárez, con dos reporteros asesinados, para escribir una editorial que pregunta a los capos de la droga que controlan la ciudad cuáles son sus reglas, evidenciando que no es el gobierno federal el que controla la ciudad fronteriza más grande?

El combate por controlar la información se libra en este mismo momento. Y vemos también que no todo está perdido, que se están haciendo esfuerzos importantes de valentía. El semanario Zeta, de Tijuana, por ejemplo, mensualmente nos indica las cifras correctas de asesinados cuando la información oficial no es creíble. O RíoDoce reporta desde el estado donde nacieron la mayoría de los capos de la droga y tienen a sus familias.

Ha habido también esfuerzos de periodistas fronterizos que han abierto portales de noticias desde el lado texano, bajo otro nombre, para publicar sin ser detectados las notas donde no pueden. O esfuerzos de editores que se pusieron de acuerdo en publicar una misma nota cuando presionan a alguien del grupo. O colaboración entre reporteros y corresponsales extranjeros, para que la información prohibida en México se divulgue desde otro país. Conozco a varios que están escribiendo a escondidas un libro, esperando que las condiciones cambien y puedan publicarlo.

También hemos creado nuestras propias redes, como la que les he contado, para crear condiciones de autocuidado y protección al ver que estamos entre varios fuegos: el de las empresas que no responden por sus reporteros, el del gobierno, el del crimen organizado.

Llevo en el alma atorada una historia que me contó un reportero. La repito mucho, quizás ya lo escucharon, pero no puedo dejar de repetirla.

Una noche recibió una llamada en la que le avisaban que un escuadrón de hombres armados había sacado de su casa al colega y amigo con el que él cubría información policiaca. El se levantó de la casa, se vistió, se despidió de su esposa, besó a sus hijos y se sentó en la sala a esperar a que fueran por él. Esa fue la noche más larga de su vida.

-¿Por qué no huiste?, le pregunté sorprendida.

-¿A dónde podía correr?, respondió. Mi único deseo era que no entraran a mi casa y me atraparan frente a mi familia. No quería que mi familia se quedara con esa imagen.

Él sobrevivió y puede contarlo, pero su amigo apareció al siguiente día, muerto, tirado en la calle, como si fuera basura. En la ciudad donde vive, los policías son los narcos.

Tengo otra que no olvido. Me la contó una colega que atendió un llamado de periodistas de Veracruz en crisis, quien le preguntó a uno del grupo en qué podíamos ayudarlo. Él le dijo: Tráeme una pistola.

Ella quedó estupefacta. ¿Una pistola?

-Si, no es para matarlos a ellos, es para matarme por si vienen por mí, porque ya no sólo matan, ahora torturan.

Cuando pienso en estas historias me pregunto cuántos periodistas estarán sintiendo esa misma soledad cada noche, sin saber a quien llamar, resignados al hecho de que ser asesinado es un riesgo laboral.

Entonces, la pregunta del qué podemos hacer toma distinto sentido. Pueden hacer muchas cosas. Podría recomendarles que hagan muchas cosas, pero lo que se tiene que hacer es periodismo, porque eso somos, periodistas. Necesitamos desnudar el negocio, las redes de tráfico de armas y de droga, las autoridades corruptas, dar seguimiento en los juicios para develar las piezas del rompecabezas de dónde quedaron las personas desaparecidas, qué gobernador financió su campaña con dinero del narcotráfico. Seguir el narcodinero. Esa información está aquí.

¿Qué pueden hacer para ayudarnos? Un amigo mío del semanario RíoDoce me lo dijo de esta manera: “Están aislando a los que seguimos cubriendo la violencia. No nos abandonen”. Eso mismo digo a ustedes.

Como el periodista polaco Ryszard Kapuscinski escribió un día: En la lucha contra el silencio, la vida humana está en juego.

Gracias.

Mis agradecimientos a Alma Delia Fuentes, Daniela Pastrana, Elia Baltazar, John Gibler, Mike O’Connor, Tracy Wilkinson, Alfredo Corchado, Lise Olsen, Javier Garza, Margarita Torres, Sandra Rodrìguez, Gerardo Albarrán, Alejandra Xanic and Jorge Luis Sierra por su retroalimentación como colegas y amigos, por brindarme artículos, consejos, ideas o compartir conmigo sus experiencias, y que fueron materia prima e insumo para escribir estas palabras.