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jueves, 13 de marzo de 2014

Francisco y la reforma de la iglesia católica



Cardenal Bergoglio conocido como el Papa Francisco. Foto: Red

Balance crítico a un año de la elección del primer papa latinoamericano

La tarde del miércoles 13 de marzo de 2013, en un hecho sin precedentes, los cardenales de la iglesia católica reunidos en conclave eligen al primer papa latinoamericano. El cardenal Bergoglio como el papa Francisco, quien con su aparición en el balcón de la basilica de san Pedro, pone fin a toda una era del catolicismo moderno, la de los últimos 35 años presididos al unísono por Juan Pablo II y Benedicto XVI. El principio del fin fue anunciado por el propio papa Ratzinger cuando un mes antes, el 11 de febrero, renuncia sorpresivamente al papado conmocionando a toda la cristiandad católica y al mundo entero. Fuera de todo vaticinio, aparece ahora un papa argentino, quien tras un breve saludo pide la bendición de la muchedumbre y se retira a descansar.

Acto seguido la opinión pública se desborda en información sobre el nuevo papa, que a primeras luces aparece como un personaje de claroscuros: no sólo resulta ser el primer papa latinoamericano sino, contra toda posibilidad, también el primer papa jesuita. De origen argentino, no tardan en oírse desde esa región del mundo las primeras voces de júbilo, pero también de preocupación e indignación al asociársele inmediatamente con los tiempos terribles de la dictadura de Videla, en la que aún quedan dudas sobre sus acciones u omisiones: figuras importantes como Adolfo Pérez Esquivel afirman que el nuevo papa nada tuvo que ver, mientras testimonios de las víctimas sobrevivientes apuntan con firmeza en sentido contrario. Simultáneamente otras dudas surgen, pero sobre el destino de la iglesia católica en manos de un papa argentino: dada la crisis sistémica de la institución eclesial, algunos auguran continuidad y son los menos esperados, los teólogos de la liberación, quienes se atreven a expresar las primeras esperanzas de cambio con Bergoglio en la sede pontificia.

Desde entonces una especie de efervescencia papal ha mantenido la figura de Francisco en los titulares de la opinión pública a nivel mundial y a un año de distancia podemos decir con certeza que ha revolucionado la imagen del papado a partir de gestos sencillos, lenguaje directo y un estilo austero de conducción eclesiástica. La duda cabe en torno a si detrás de las formas (exponenciadas por los medios de comunicación como verdaderas maravillas del siglo) existe un proyecto sólido y factible de renovación de una institución profunda y francamente debilitada, no sólo en su imagen exterior, sino sobre todo en sus lógicas internas y sus mecanismos de reproducción del statu quo que la ha llevado a una crisis de credibilidad y sostenibilidad sin precedentes, no sólo manifestada en la fuga masiva de fieles (que cambian su pertenencia religiosa o simplemente se alejan de facto de las prácticas eclesiales), sino principalmente en el deterioro moral a causa de la inevitable (y férreamente evitada) exposición pública de un considerable número de abusos sexuales a menores ocurridos al amparo y cobertura de la institución, así como la revelación creciente de la relajación moral del alto clero (en lo sexual, económico y político), alarmante en la cúpula eclesiástica de El Vaticano, pero extensiva a casi todo el orbe católico.En tal situación, un balance crítico y objetivo del papado de Francisco a un año de su elección, sin quitarle su justo valor a los gestos y formas antes mencionadas (que son agua fresca para muchos y muchas), debe analizar el comportamiento institucional del papa sobre estos puntos sensibles de la iglesia católica y sopesar la posibilidad real de cambios profundos y duraderos, toda vez que existe el peligro de que sean sus propuestas voces que claman en el desierto, es decir sin eco en la praxis eclesial mayoritariamente conservadora gracias a la herencia de los papas anteriores.

Podríamos aventurar entonces algunas primeras valoraciones de fondo en torno a lo que es a todas luces la empresa más significativa del papa Bergoglio: la reforma de la curia vaticana, mediante la creación de una comisión internacional de 8 cardenales para dicha tarea y la conformación de una comisión para los asuntos económicos del Estado Vaticano, en la que igual participan cardenales “especialistas” de diversas partes del mundo, así como laicos expertos en esos temas. De entrada es difícil esperar en tan sólo un año cambios significativos a una estructura que se ha configurado como tal a través de centurias de cristianismo. Sin dudar de la buena voluntad del papa y de los miembros de las citadas comisiones, un primer obstáculo se presenta en el perfil y probidad moral de algunos de ellos, como pueden ser el mismo presidente de la comisión para la reforma de la curia, el cardenal Oscar Rodríguez Madariaga, señalado por su cercanía al régimen derechista hondureño y por su apoyo al golpe de estado contra Manuel Zelaya en ese país; también la designación para la misma comición del cardenal chileno Errázuriz, muy cercano al papa pero en América Latina reconocido detractor de la Teología de la Liberación; y finalmente, el más notable quiebre, la designación del cardenal Norberto Rivera, primado de México, como miembro de la comisión económica de El Vaticano, vista por algunos como una lamentable rehabilitación, dado que enfrenta acusaciones serias ante una corte federal de Los Ángeles, por encubrimiento del sacerdote mexicano Nicolás Aguilar, acusado de abuso sexual a más de 100 niños en EUA.

En segundo término, una verdadera reforma no sólo implica un profundo saneamiento de la curia romana, sino que necesita ir más allá de lo administrativo interno haca un cambio en las relaciones de El Vaticano con los episcopados nacionales, donde prime la colegialidad y no el autoritarismo, y las decisiones fluyan desde las iglesias locales hacia la cúpula y no al revés como realmente sucede. Mayor representatividad mundial en el colegio cardenalicio y toma de decisiones colegiada serían reformas verdaderamente históricas en más de mil años de cristianismo; por no hablar de una mayor representatividad y equidad de género en la cúpula eclesiástica católica, lo cual es a todas luces imposible con el actual y futuros papas.

Un tercer reto estaría en la posibilidad de que Francisco, con el poco tiempo y personal con que realmente cuenta (su edad y salud prefiguran un papado breve), pueda sentar bases sólidas para este proyecto que con atrevimiento ha inaugurado, con seguridad no verá concluido y con alta probabilidad podría ser desmantelado por el próximo papa o los mismos sectores ultraconservadores de la curia, que aún tienen mucha fuerza y poder. Es difícil esperar que la actitud de uno haga la diferencia, aunque sea el papa. Esto ya se vivió con el Concilio Vaticano II, promovido por el papa bueno Juan XXIII, que quiso darle un fuerte impulso renovador a la Iglesia, trajo una primavera para la Iglesia pero que al morir, murió con él su legado, pues los sucesivos papas frenarán ese impulso renovador y harán retroceder nuevamente a la iglesia a la cristiandad y actual crisis global que ha heredado el papa Bergoglio.En lo pastoral y disciplinar, podemos de igual manera encontrar aciertos e impasses. Un acierto ha sido la apertura hacia la grey católica mediante la aplicación mundial de una encuesta católica sobre la familia que, hasta donde los resultados preliminares muestran, pone al descubierto la enorme brecha existente entre los puntos de vista de la feligresía y las disposiciones del magisterio católico en materia de moral, sexualidad y pastoral. Pero hasta el momento, sólo discursos y ningún cambio ha habido desde El Vaticano al respecto. Discursos esperanzadores de algunos cardenales y del mismo papa; discursos desesperados de otros sectores, como el del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (nombrado por Benedicto XVI y aún no depuesto por Francisco), que se oponen a cambios profundos en éste y cualquier ámbito de la vida de la iglesia. Pero hasta ahora, sólo discursos. Un momento decisivo será el Sínodo de los Obispos a realizarse en octubre próximo, del que se esperan decisiones trascendentes a respuesta al clamor de la feligresía en temas de moral sexual y familiar. Sobre ningún otro aspecto de la vida eclesial Francisco ha dado señales reales de cambio.

Antes bien, sobre temas neurálgicos, el más de todos concerniente a los abusos sexuales a menores por sacerdotes y obispos católicos, tras un largo silencio papal en un contexto internacional demandante de esclarecimiento de los hechos, vino la inesperada y lamentable respuesta de Francisco a todas luces fuera de lugar afirmando que nadie ha hecho más contra la pederastia que la Iglesia católica, cuando a todas luces ha sido justamente lo contrario. La caja de pandora de la Iglesia ha sido abierta gracias a la incesable lucha de las víctimas de abusos sexuales por parte del clero. Las pruebas irrefutables de tales delitos y del encubrimiento sistemático de los curas pederastas por parte de la institución católica han llegado a tribunales estatales, federales e internacionales. Y se intuye que sólo estamos ante la punta deliceberg. La actitud evasiva de El Vaticano y el silencio de Francisco se leían hasta la semana pasada como un estar atado de manos, amordazado porque lo que está en juego es el pontificado de Benedicto XVI, quien todavía vive, convive e influye con él en el Vaticano. Francisco pudo (aún puede) hacer la diferencia respecto de sus predecesores, quienes sólo han encubierto uno tras otro tras otro comportamiento abusivo en la Iglesia; sin embargo, sus declaraciones lo han colocado como parte del mismo comportamiento delictivo del clero y está ante el riesgo de que la historia lo juzgue también como cómplice, pues echa por tierra toda credibilidad de un discurso a favor de los pobres, toda vez que desoye y decepciona a las víctimas de abuso sexual en la Iglesia.

Si ponemos en la balanza todo lo dicho hasta ahora, sopesando lo más objetivamente el primer año del papa argentino, no podemos negar que representa sobre todo la sencillez y la sensibilidad. Por primera vez no es un papa europeo, aunque su mentalidad, como la de todos los cardenales sí sea europea; pero su experiencia vital, sí es latinoamericana, conoce la realidad que vive la mayoría de los católicos del mundo (que se encuentran en América Latina), que es de pobreza, marginación, injusticia... pero también de alegría. Y ha elegido llamarse Franciso, como el pobre de Asís. No teme denunciar las raíces capitalistas de la desigualdad mundial, ni romper los protocolos para sentarse a comer y convivir con líderes de otras religiones. Abre las puertas a la revalorización de la Teología de la Liberación. Emprende la reforma de la curia. Quisiéramos creer que eso significa algo y que sinceramente quiere que la iglesia siga el camino de los pobres. Sin embargo se muestra inflexible en otros temas, como el sacerdocio femenino.

Es exagerado decir que el papa está creando una nueva era en la iglesia católica; esa iglesia ya ha sido creada en América Latina, en África, en Asia, donde camina verdaderamente al lado de los pobres y es una iglesia pobre; lo que el Bergoglio hace con sus gestos y sus palabras es seguir el ejemplo de esa iglesia, que seguramente conoció en Argentina, como jesuita. Hoy vemos nuevos signos de primavera eclesial, no sólo en el papa, sino en muchos hombres y mujeres católicas, como lo revelan los resultados de encuesta papal sobre la familia; si se quiere que sean cambios duraderos, se necesita que Francisco, además de sus gestos, actitudes, nuevas disposiciones eclesiásticas, inicie un proceso de reconciliación profunda al interior de la iglesia (por ejemplo, rehabilitando a la larga lista de teólogos suspendidos por Ratzinger y terminando con la misoginia y el patriarcado), y sobre todo de reconciliación con el mundo, volviendo a ser Iglesia de los pobres y transparentándose ante la comunidad internacional en materia de economía y respeto a los derechos humanos.

Estamos sin lugar a dudas ante un nuevo kairos eclesial, entendido como una oportunidad inmejorable para la Iglesia de una reforma real. La sociedad ha hablado. La grey católica también. Ahora es el turno del papa.

Tomado de Observatorio Eclesial

miércoles, 16 de octubre de 2013

Papa Francisco debería hacer un llamado más enérgico para la protección legal de personas LGBT



Papa Francisco saluda a sus fieles en la Plaza de San Pedro en el Vaticano. Foto: Reuters

No soy católico. Tampoco soy creyente.

Y, sin embargo, como sudafricano, soy consciente de los roles positivos y negativos que puede jugar la Iglesia católica. Por ejemplo, se pronunció abiertamente en contra del apartheid, y su teología de la liberación (controvertida dentro de la Iglesia) inspiró a toda una generación. En mi experiencia personal, una escuela católica de Johannesburgo fue la que desafió las cuotas raciales del apartheid y la que dio la bienvenida a las familias homosexuales, incluida la mía.

Sin embargo, durante el auge de la crisis del sida, el cardenal Napier desestimó los esfuerzos del gobierno por distribuir preservativos, calificándolos de ineficaces. Como arzobispo de Durban, pronunciaba sus mensajes desde el epicentro de la epidemia. Recientemente Napier dijo: “No puedo ser acusado de homofobia porque no conozco a ningún homosexual”.

En Sudáfrica, así como en otros lugares, la iglesia ha defendido a los oprimidos y ha sido un motor de cambio social. Sin embargo, también ha sido una fuente de estancamiento y prejuicios. A veces –como en el caso de predicar en contra de los preservativos en medio de la crisis del sida— se convierten en faltas de una magnitud imperdonable.

Es muy probable que el papa Francisco y yo estemos en desacuerdo en muchos temas, pero a diferencia del cardenal Napier, el papa sí conoce a homosexuales y estoy dispuesto a escuchar lo que tiene que decir.

De hecho, es difícil no prestar atención, porque el papa Francisco está causando un gran revuelo.

Es el primer jesuita en convertirse en papa y su mensaje se enfoca en los problemas que generan la pobreza y la injusticia, distanciándose de una obsesión inquebrantable por la moral sexual.

Él habla de una Iglesia para los pobres y no se frena a la hora de criticar la opulencia y ostentación dentro de la institución: “No se puede hablar de la pobreza”, dijo, “si uno no experimenta la pobreza”.

El Papa ejerce una influencia considerable y ocupa una posición única como regente un estado soberano en calidad de observador en las Naciones Unidas y como líder de un órgano de gobierno de una de las principales religiones del mundo. Sin embargo, sus gustos son sencillos, incluso austeros, y en esto se diferencia de sus predecesores. Una simple silla de madera ha sustituido el trono papal, y se mueve por el pequeño estado conduciendo un automóvil modesto.

Es poco ortodoxo en sus formas, rompiendo con las formalidades tradicionales para responder al teléfono, o incluso posando para una autorretrato o selfie, como se les conoce, que circula por Facebook.

¿De qué manera afecta este enfoque refrescante al papado a las personas lesbianas, homosexuales, bisexuales y transgénero (LGBT por sus siglas en inglés)? En cierto modo, el papa simplemente está articulando, de manera clara y sin ambigüedades, lo que la Iglesia Católica ha defendido por mucho tiempo. La Santa Sede ha sostenido públicamente que se opone a la discriminación injusta contra las personas homosexuales, incluyendo la criminalización de las relaciones sexuales consentidas. La Iglesia también está en contra de la violencia y la pena de muerte. Defiende la dignidad y el valor inherente de todos los seres humanos.

Entonces, ¿qué es lo que hace diferente al papa Francisco? Por un lado, sus opiniones son bastante ortodoxas pero, por el otro, su enfoque sugiere un cambio sutil con algunas implicaciones radicales.

Se trata de un cambio de énfasis: no está cuestionando el fundamento moral de la Iglesia en relación a la homosexualidad, sino que está cuestionando su importancia central. Está diciendo que aunque la Iglesia no apruebe la homosexualidad y la considere como algo pecaminoso, esto no anula la obligación fundamental de la sociedad de brinda un trato humano y respeto a la dignidad de cada ser humano.


“La Iglesia”, dijo, “a veces se ha encerrado a sí misma en las cosas pequeñas, en las reglas de mente cerrada”. Ha dicho que “el aborto, el matrimonio entre homosexuales y el uso de métodos anticonceptivos” no son temas de los que haya que hablar todo el tiempo. Hay preocupaciones más importantes en el mundo, como la pobreza y la injusticia, que la obsesión por la ética sexual.

También está diciendo que la Iglesia debería contar con un ministerio más abierto e inclusivo. Ha sido bastante franco con respecto a la homosexualidad. Recientemente, cuando un periodista le preguntó acerca de su punto de vista sobre el tema, se planteó una pregunta retórica: “Dime, Dios, cuando mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?”

Por desgracia, muchos representantes y comunidades de la Iglesia Católica no han adoptado este enfoque inclusivo. En países de todo el mundo, líderes de la Iglesia han sido cómplices en la persecución de las personas LGBT, mediante el apoyo (o la no condenando) a legislaciones discriminatorias y refiriéndose de manera inhumana cuando expresan comentarios sobre las personas LGBT.

Esto es especialmente perjudicial en los países donde la Iglesia tiene una fuerte influencia y donde las actitudes sociales son hostiles. En esos contextos, el lenguaje hostil contribuye a un clima de violencia contra las personas LGBT. Obispos de Nigeria, Uganda, la República Dominicana y Camerún han apoyado recientemente una draconiana legislación o han hecho declaraciones despectivas que contradicen las enseñanzas de la Iglesia. Sin embargo, la Santa Sede ha permanecido en silencio.

El papa ha señalado que los líderes religiosos tienen el derecho a defender posiciones morales específicas, sin embargo, esto no significa que puedan obligar a otros a adoptar esas posiciones. Durante los debates sobre el matrimonio homosexual en Argentina, el papa defendió la posición moral de la Iglesia, al tiempo que propuso una alternativa para reconocer las uniones civiles.

El papa Francisco ya ha establecido un tono que ayudará a moderar el discurso público de la Iglesia sobre la sexualidad. Pero podría hacer más. El papa Francisco debería condenar públicamente la violencia contra las personas LGBT. Debería hacer un llamado por la despenalización de las relaciones sexuales consentidas y apoyar la derogación de otras sanciones penales injustas. Por último, debería hacer un llamado para que se brinde una protección legal más amplia a las personas que son parte de la comunidad LGBT.

Por Graeme Reid
HuffingtonPost/Octubre 16 de 2013

viernes, 14 de junio de 2013

La CoDH del Distrito Federal invita al Foro de Análisis "El Papa de los Signos Mediáticos"




domingo, 21 de abril de 2013

Papa Francisco un líder religioso con gala de autoritarismo



Papa Francisco. Foto: Red


El nuevo pontífice de Roma declaró ayer que todo lo que concierne al modo de interpretar las Escrituras está sometido en última instancia sólo al juicio de la Iglesia católica, “a la que compete el mandato divino y el ministerio de conservar e interpretar la palabra de Dios”, esto lo hizo ante los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica. Por lo cual he aquí mi interés en brindar mi opinión respecto a esta aseveración:

1. Lo que el nuevo Papa aún no considera es que cualquier estudiante bíblico fuera de la institución católica o los llamados evangélicos, protestantes, etcétera, no está obligado en ninguna forma a pedir opinión o permiso ni a someterse a ningún escrutinio de parte de la misma.

2. Esta afirmación sólo demuestra la verdadera personalidad del Papa y le quita la careta de hombre benigno y amable que tanto nos quisieron vender.

3. Demuestra también su profundo desprecio por las minorías, su absoluto rechazo y falta de respeto a la libertad de ejercer un derecho que nos corresponde, el razonar por propia cuenta, y obliga a convertir en esclavos mentales a quienes no esté de acuerdo con la filosofía de su institución religiosa.

4. Genera hostilidad en contra de cualquier grupo ajeno a su fe, abriendo así la puerta para la discriminación.

Estimados lectores, hago a todos ustedes un llamado a reflexionar en las palabras de este líder religioso, puesto que hace gala de su autoritarismo; no se le puede llamar de otra forma. Él no hace una invitación a persuadir por medio de una predicación, sino que busca una sujeción con base en el sometimiento. Sólo les hago una pregunta: ¿acaso no es esto sólo otra forma de esclavitud?

Veronica Covarrubias Razo
Tomado de La Jornada Jalisco

viernes, 15 de marzo de 2013

Papa Francisco: un ersatz





* No todos los argentinos ven con buenos ojos la elección de Jorge Mario Bergoglio como el sucesor de Pedro en la tierra, por tener un lado oscuro poco publicitado

Horacio Verbitsky
Página 12

Entre los centenares de llamados y mails recibidos, elijo uno. “No lo puedo creer. Estoy tan angustiada y con tanta bronca que no sé qué hacer. Logró lo que quería. Estoy viendo a Orlando en el comedor de casa, ya hace unos años, diciendo ‘él quiere ser Papa’. Es la persona indicada para tapar la podredumbre. Es el experto en tapar. Mi teléfono no para de sonar, Fito me habló llorando.” Lo firma Graciela Yorio, la hermana del sacerdote Orlando Yorio, quien denunció a Bergoglio como el responsable de su secuestro y de las torturas que padeció durante cinco meses de 1976. El Fito que la llamó desconsolado es Adolfo Yorio, su hermano. Ambos dedicaron muchos años de su vida a continuar las denuncias de Orlando, un teólogo y sacerdote tercermundista que murió en 2000 soñando la pesadilla que ayer se hizo realidad. Tres años antes, su íncubo había sido designado arzobispo coadjutor de Buenos Aires, lo cual preanunciaba el resto.

Orlando Yorio no llegó a conocer la declaración de Bergoglio ante el Tribunal Oral Federal 5. Allí dijo que recién supo de la existencia de chicos apropiados después de terminada la dictadura. Pero el Tribunal Oral Federal 6, que juzgó el plan sistemático de apropiación de hijos de detenidos-desaparecidos, recibió documentos que indican que ya en 1979 Bergoglio estaba bien al tanto e intervino al menos en un caso a solicitud del superior general, Pedro Arrupe. Luego de escuchar el relato de los familiares de Elena de la Cuadra, secuestrada en 1977, cuando atravesaba el quinto mes de embarazo, Bergoglio les entregó una carta para el obispo auxiliar de La Plata, Mario Picchi, pidiéndole que intercediera ante el gobierno militar. Picchi averiguó que Elena había dado a luz una nena, que fue regalada a otra familia. “La tiene un matrimonio bien y no hay vuelta atrás”, informó a la familia. Al declarar por escrito en la causa de la ESMA, por el secuestro de Yorio y del también jesuita Francisco Jalics, Bergoglio dijo que en el archivo episcopal no había documentos sobre los detenidos-desaparecidos. Pero quien lo sucedió, su actual presidente, José Arancedo, envió a la jueza Martina Forns copia del documento que publiqué aquí, sobre la reunión del dictador Videla con los obispos Raúl Primatesta, Juan Aramburu y Vicente Zazpe, en la que hablaron con extraordinaria franqueza sobre decir o no decir que los detenidos-desaparecidos habían sido asesinados, porque Videla quería proteger a quienes los mataron. En su clásico libro Iglesia y dictadura, Emilio Mignone lo mencionó como paradigma de “pastores que entregaron sus ovejas al enemigo sin defenderlas ni rescatarlas”. Bergoglio me contó que en una de sus primeras misas como arzobispo divisó a Mignone e intentó acercársele para darle explicaciones, pero que el presidente fundador del CELS alzó la mano indicándole que no avanzara.

No estoy seguro de que Bergoglio haya sido elegido para tapar la podredumbre que redujo a la impotencia a Joseph Ratzinger. Las luchas internas de la curia romana siguen una lógica tan inescrutable que los hechos más oscuros pueden atribuirse al espíritu santo, ya sean los manejos financieros por los que el Banco del Vaticano fue excluido del clearing internacional porque no cumple con las reglas para controlar el lavado de dinero, o las prácticas pedófilas en casi todos los países del mundo, que Ratzinger encubrió desde el Santo Oficio y por las que pidió perdón como pontífice. Ni siquiera me extrañaría que, brocha en mano y con sus zapatos gastados, Bergoglio emprendiera una cruzada moralizadora para blanquear los sepulcros apostólicos.

Pero lo que tengo por seguro es que el nuevo obispo de Roma será un ersatz, esa palabra alemana a la que ninguna traducción hace honor, un sucedáneo de menor calidad, como el agua con harina que las madres indigentes usan para engañar el hambre de sus hijos. El teólogo brasileño de la liberación Leonardo Boff, excluido por Ratzinger de la enseñanza y del sacerdocio, tenía la ilusión de que fuera elegido el franciscano de ancestros irlandeses Sean O’Malley, que carga con la diócesis de Boston, quebrada por tantas indemnizaciones que pagó a niños vejados por sacerdotes. “Se trata de una persona muy vinculada a los pobres porque trabajó mucho tiempo en América Latina y el Caribe, siempre en medio de los pobres. Es una señal de que puede ser un papa diferente, un papa de una nueva tradición”, escribió el ex sacerdote. En la Silla Apostólica no se sentará un verdadero franciscano sino un jesuita que se hará llamar Francisco, como el pobrecito de Asís. Una amiga argentina, me escribe azorada desde Berlín que para los alemanes, que desconocen su historia, el nuevo papa es tercermundista. Menuda confusión.

Su biografía es la de un populista conservador, como lo fueron Pío XII y Juan Pablo II: inflexibles en cuestiones doctrinarias pero con una apertura hacia el mundo, y sobre todo, hacia las masas desposeídas. Cuando rece su primera misa en una calle del trastevere o en la stazione termini de Roma y hable de las personas explotadas y prostituidas por los poderosos insensibles que cierran su corazón a Cristo; cuando los periodistas amigos cuenten que viajó en subte o colectivo; cuando los fieles escuchen sus homilías recitadas con los ademanes de un actor y en las que las parábolas bíblicas coexisten con el habla llana del pueblo, habrá quienes deliren por la anhelada renovación eclesiástica. En los tres lustros que lleva al frente de la Arquidiócesis porteña hizo eso y mucho más. Pero al mismo tiempo intentó unificar la oposición contra el primer gobierno que en muchos años adoptó una política favorable a esos sectores, y lo acusó de crispado y confrontativo porque para hacerlo debió lidiar con aquellos poderosos fustigados en el discurso.

Ahora podrá hacerlo en otra escala, lo cual no quiere decir que se olvide de la Argentina. Si Pacelli recibió el financiamiento de la Inteligencia estadounidense para apuntalar a la democracia cristiana e impedir la victoria comunista en las primeras elecciones de la posguerra y si Wojtyla fue el ariete que abrió el primer hueco en el muro europeo, el papa argentino podrá cumplir el mismo rol en escala latinoamericana. Su pasada militancia en Guardia de Hierro, el discurso populista que no ha olvidado, y con el que podría incluso adoptar causas históricas como la de las Malvinas, lo habilitan para disputar la orientación de ese proceso, para apostrofar a los explotadores y predicar mansedumbre a los explotados.

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